La deuda pública, que ronda el 49.0% del PIB, no es alarmante per se, pero el costo de servirla, agravado por las tasas restrictivas de la Fed en EE. UU, empieza a canibalizar el presupuesto destinado a infraestructura y servicios básicos.
Por Juan Preciado
SANTO DOMINGO – En los pasillos de las instituciones financieras de Washington y Londres, la República Dominicana suele ser citada como el "milagro del Caribe". Con un crecimiento proyectado de entre el 3.5% y el 4.5% para este 2026, el país se mantiene como un faro de resiliencia en una región históricamente azotada por la volatilidad. Sin embargo, detrás de las cifras de ocupación hotelera récord y una moneda que desafía la gravedad, se gesta una encrucijada que pondrá a prueba el temple del Palacio Nacional.
El panorama actual es una mezcla de fortuna minera y vulnerabilidad energética. Mientras el precio del oro, el principal producto de exportación del país, se dispara por encima de los USD 4,600 por onza, inyectando divisas vitales a las reservas del Banco Central, la factura petrolera amenaza con devorar ese superávit. Con el crudo WTI superando la barrera de los USD 100, el gobierno dominicano se encuentra en una posición fiscalmente agotadora: mantener los subsidios a los combustibles para contener la paz social o permitir que la inflación se desboque.
La estabilidad tiene un precio, y en Santo Domingo, ese precio se mide en puntos porcentuales del PIB. El déficit fiscal sigue siendo el talón de Aquiles de una economía que, aunque vibrante, depende excesivamente del endeudamiento para cubrir sus brechas estructurales. La deuda pública, que ronda el 49.0% del PIB, no es alarmante per se, pero el costo de servirla, agravado por las tasas restrictivas de la Fed en EE. UU, empieza a canibalizar el presupuesto destinado a infraestructura y servicios básicos.
La palabra prohibida en la mesa de las familias y empresarios dominicanos vuelve a resonar: Reforma Fiscal. Tras el fallido intento de "Modernización Fiscal", el Estado se enfrenta a la tarea hercúlea de diseñar un sistema que recaude más sin asfixiar al sector privado, el verdadero motor del empleo. El riesgo es evidente: un aumento mal diseñado en los impuestos al consumo o a la propiedad podría frenar en seco la demanda interna en un momento en que el entorno global ya es incierto.
El viento en contra externo
A nivel internacional, el país navega en aguas agitadas. La persistencia de las tasas de interés elevadas en Estados Unidos mantiene el dólar fuerte, lo que paradójicamente ha llevado a una apreciación del peso dominicano del 5.2%. Si bien esto ayuda a mitigar el costo de las importaciones, erosiona la competitividad de las exportaciones locales y reduce el valor real de las remesas que reciben millones de hogares.
La República Dominicana está operando con una "estabilidad bajo presión". El país ha demostrado una capacidad envidiable para atraer inversión extranjera y diversificar su oferta turística, pero los fundamentos macroeconómicos de largo plazo exigen cirugía, no solo analgésicos.
Gestionar el costo de la energía importada no es solo un asunto de precios en el surtidor; es una urgencia de seguridad nacional que requiere acelerar la transición energética. Por otro lado, la reforma fiscal no puede ser vista simplemente como una herramienta de recaudación, sino como un pacto social necesario para garantizar que el "milagro" no termine siendo un espejismo financiado con deuda.
En este 2026, el desafío no es crecer, eso el país sabe hacerlo bien, sino decidir quién pagará la cuenta de la resiliencia en un mundo que no da tregua.





