Subsidios millonarios, tasas altas y presión sobre alimentos: cómo el conflicto en Medio Oriente comienza a poner a prueba la estabilidad económica dominicana.
En apariencia, la economía dominicana continúa resistiendo. El peso mantiene relativa estabilidad, el turismo sigue generando divisas y el Banco Central proyecta un crecimiento de entre 3.5 % y 4.0 % para este 2026. Sin embargo, detrás de esa resiliencia comienza a crecer una amenaza que no nace en Santo Domingo ni en Washington, sino en Medio Oriente: el riesgo de que el petróleo vuelva a convertirse en el principal enemigo de la estabilidad económica local.
La tensión alrededor de Irán ha devuelto nerviosismo a los mercados internacionales. El petróleo WTI llegó a colocarse por encima de los US$100 por barril durante abril, impulsado por el temor a interrupciones en la oferta global y mayores riesgos geopolíticos. Para República Dominicana, que depende casi totalmente de combustibles importados, cada dólar adicional en el precio del crudo representa más presión sobre inflación, subsidios y gasto público.
El Gobierno ha respondido con una estrategia ya conocida: contener los precios internos mediante subsidios semanales a combustibles y electricidad. La medida ha permitido evitar aumentos bruscos en gasolina, GLP y transporte, ayudando a mantener moderada la inflación de los grupos de transporte y vivienda, que actualmente ronda 2.76 % y 2.61 %, respectivamente. Sin embargo, esa estabilidad tiene un costo fiscal cada vez más elevado.
Economistas advierten que, si el petróleo permanece alto durante varios meses, el déficit fiscal dominicano podría aumentar de 3.3 % a 3.8 % del PIB en 2026, impulsado principalmente por mayores subsidios energéticos y agrícolas. El problema es estructural: mientras el Gobierno protege temporalmente el bolsillo de la población, también incrementa la presión sobre unas finanzas públicas que ya enfrentan altos compromisos de deuda y gasto corriente.
El Banco Central, por su parte, ha decidido mantener su tasa de política monetaria en 5.25 %, intentando contener riesgos inflacionarios y preservar estabilidad cambiaria en medio de la incertidumbre internacional. Aunque la inflación interanual se mantiene dentro del rango meta 4.67 % en febrero y cerca de 4.95 % al cierre de 2025, las autoridades reconocen que los precios internacionales de energía siguen siendo uno de los mayores riesgos para este año.
La consecuencia directa para la población es silenciosa, pero constante. Tasas altas significan préstamos más caros para viviendas, vehículos y negocios. A eso se suma el efecto indirecto del petróleo sobre alimentos y transporte. El propio Banco Central reconoce que el aumento de costos energéticos y agropecuarios ya comenzó a generar efectos de segunda vuelta sobre los precios internos.
Paradójicamente, parte de la estabilidad dominicana ha sido sostenida gracias a factores externos favorables. El país mantiene reservas internacionales cercanas a US$16,000 millones, equivalentes a 12 % del PIB y seis meses de importaciones, mientras el peso dominicano acumula una apreciación cercana a 5.2 % durante 2026. A esto se suman ingresos récord por turismo, remesas y exportaciones de oro, que continúan funcionando como colchón frente a la volatilidad global.
Pero esa fortaleza no elimina la vulnerabilidad central de la economía dominicana: su dependencia energética. Cada conflicto en Medio Oriente vuelve a demostrar que la estabilidad local sigue atada a factores externos imposibles de controlar desde el Caribe.
La verdadera discusión para República Dominicana ya no es únicamente cuánto crecerá este año, sino cuánto costará sostener esa estabilidad si el petróleo continúa convirtiéndose en un arma geopolítica globa





