Cuando casi la mitad de la población califica su situación personal como negativa, eso ya no es percepción distorsionada, es evidencia de malestar real y extendido.
Por Juan Preciado
Santo Domingo, República Dominicana.- Hay dos economías en República Dominicana en este momento. Una la mide el Banco Central, y sus indicadores, como vimos la semana pasada, que son razonablemente sólidos. La otra la mide Gallup, y es la que vive la gente en su mesa, en la bomba de gasolina, en el supermercado. La encuesta Gallup-Diario Libre levantada entre el 28 de abril y el 1 de mayo de 2026 no hace otra cosa que documentar el abismo entre esas dos economías, y de paso revelar algo políticamente fascinante: los dominicanos distinguen entre el presidente y la realidad que padecen.
El 62.9 % de los entrevistados define la situación económica nacional como mala o muy mala, mientras apenas un 21.6 % la considera positiva. Es un número que debe leerse con cuidado porque no es una opinión sobre política fiscal ni sobre tasas de interés. Es una declaración de experiencia cotidiana. Más de seis de cada diez dominicanos sienten que la economía del país está mal. No que podría mejorar, no que hay riesgos: que está mal, ahora.
Y si se baja al nivel personal, el escenario no mejora tanto como los indicadores macro sugieren. Un 43.9 % describe su situación económica personal como mala o muy mala, frente a apenas un 30 % que la considera buena. El diferencial entre percepción nacional (62.9 % negativa) y percepción personal (43.9 % negativa) es relevante: siempre existe en las encuestas una tendencia a ver la propia situación con más optimismo que la del entorno. Pero cuando casi la mitad de la población califica su situación personal como negativa, eso ya no es percepción distorsionada, es evidencia de malestar real y extendido.
La paradoja que define la coyuntura
Lo más instructivo de la encuesta, sin embargo, no son los números económicos en sí, sino lo que ocurre al ponerlos junto a los datos de aprobación presidencial. Un 51.7 % considera que Abinader ha sido un buen presidente, y un 9.7 % lo califica de regular, frente a un 36.9 % que lo define como un mal gobernante. En términos llanos: el presidente tiene mayoría favorable mientras casi dos tercios del país considera que la economía está mal.
Ese divorcio entre aprobación presidencial y malestar económico ha ocurrido antes en América Latina, especialmente en contextos donde los gobiernos logran proyectar transparencia personal, estabilidad institucional o capacidad administrativa aun en medio de tensiones sociales. En el caso dominicano hay un elemento adicional: la oposición no ha logrado construir una narrativa alternativa creíble ni un liderazgo que encarne la insatisfacción económica. El malestar existe, pero no tiene todavía hacia dónde volcarse electoralmente. Eso es capital político no ganado, es capital político prestado. Y los préstamos tienen fecha de vencimiento.
Las vitrinas del Gobierno
La encuesta también revela qué sectores ha logrado posicionar el Gobierno como logros visibles. El turismo continúa siendo el principal activo político de la administración, con un 73.4 % de aprobación en el desarrollo y promoción del sector. La educación aparece como el segundo renglón mejor valorado con un 67.9 % de aprobación, seguida por el transporte público con 58.9 % y la construcción de obras públicas con 57.4 %.
Esos cuatro sectores tienen algo en común: son visibles. El turismo se mide en aeropuertos llenos y hoteles que se construyen. La educación en aulas y uniformes. El transporte en el Metro y los teleféricos. Las obras en carreteras que se inauguran. Son activos de comunicación además de activos de gestión. La gente los ve, los usa, los percibe. Y en política de percepción, lo que no se ve no existe, aunque exista. El problema del Gobierno es que sus mayores logros macroeconómicos, la estabilidad cambiaria, el crecimiento del PIB, las reservas internacionales, la solidez tributaria, son invisibles para la mayoría de la población. Nadie siente en el bolsillo que las reservas internacionales superan los 16,000 millones de dólares.
Las grietas que pueden ensancharse
Del otro lado de la ecuación, los números son severos y merecen atención sostenida. La seguridad ciudadana aparece entre las principales debilidades del Gobierno, con un 55 % que considera que la administración realiza un mal trabajo en esa área. La seguridad tiene un peso emocional desproporcionado en cualquier evaluación ciudadana. No es un indicador entre varios: es el filtro a través del cual se procesa todo lo demás.
Pero el número que debería provocar mayor reflexión en el Gobierno es el de la pobreza. Un 64.5 % desaprueba el desempeño gubernamental en la reducción de la pobreza. Ese es el porcentaje más alto de desaprobación de toda la encuesta. Y es además el indicador que conecta directamente con la experiencia económica cotidiana. La pobreza no es un concepto abstracto para quien la vive: es la factura eléctrica que no puede pagar, el plato que se reduce, la medicina que no alcanza.
A eso se suma una preocupación que ha ido ganando terreno en la conversación pública. Un 55.9 % entiende que el Gobierno ha hecho un mal trabajo en el control del endeudamiento estatal. La deuda pública no era hasta hace poco un tema de agenda ciudadana masiva en República Dominicana. Que más de la mitad de la población la identifique como un problema de gestión es una señal de que la conversación sobre sostenibilidad fiscal ha permeado hacia la opinión general. Y cuando los ciudadanos empiezan a preocuparse por la deuda, es generalmente porque sienten que el Estado gasta en cosas que no les llegan.
Lo que el Gobierno debería escuchar
La lectura estratégica de estos datos es clara. El Gobierno de Abinader tiene todavía una ventana de legitimidad activa, pero esa ventana se está cerrando por el lado económico. El estudio revela que el Gobierno conserva respaldo político, pero ya no dispone del mismo margen de tolerancia social que caracterizó los primeros años de la gestión de Abinader. El gran reto no es comunicacional, aunque muchos lo leerán así. Es sustantivo.
La economía dominicana puede crecer al 4.1 % en el primer trimestre, las zonas francas pueden batir récords de exportación, el dólar puede estabilizarse en torno a RD$59, y al mismo tiempo casi el 63 % de la población puede sentir que la economía está mal. Eso no es un problema de mensaje: es un problema de distribución. El crecimiento existe, pero no llega con suficiente intensidad a donde la gente lo espera. La brecha entre los indicadores y la percepción es, en el fondo, una brecha de inclusión económica. Y ninguna estrategia comunicacional sostiene indefinidamente esa distancia cuando se acerca un ciclo electoral.
La perspectiva que completa el cuadro
En términos históricos comparados, República Dominicana no es un caso extremo. Las economías de América Latina han convivido durante décadas con la coexistencia de crecimiento agregado y pobreza persistente. El FMI y el Banco Mundial han señalado que la economía dominicana ha triplicado el promedio regional en las últimas dos décadas y ha sacado a casi tres millones de personas de la pobreza. Esos son logros reales. Pero las encuestas de percepción no miden promedios históricos. Miden el hoy.
Y el hoy, según Gallup, es que la mayoría de los dominicanos siente que el país va mal económicamente. En un año donde el petróleo presiona los precios, donde los subsidios consumen espacio fiscal, y donde la inflación acumulada de años recientes no ha sido absorbida por los salarios reales, esa percepción tiene fundamento empírico, no solo emocional. La encuesta, en definitiva, le dice al Gobierno algo que los indicadores del Banco Central no dicen: que el éxito macroeconómico es condición necesaria para gobernar bien, pero no suficiente para ser percibido como un gobierno que mejora la vida de la gente. Y en política democrática, esa percepción es, a la larga, la única cifra que cuenta.





